viernes, 11 de julio de 2008

UN LIBRO PARA EL VERANO (IV)

Otra opinión versada y susceptible a su vez de ir creando opinión, es la de Gabriel María de Otalora, colaborador habitual del periódico DEIA, y aparecida el pasado fin de semana. Una/s y otra/s nos sugerirán distintas ópticas para el análisis que nos proponemos, pero espero que ningun@ nos dejemos “domar” por ellas, sino que sigamos siendo capaces de hacer nuestra propia crítica desde lo que el libro nos sugiera.

La Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe ha publicado una dura Nota con la autorización de la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Española (Madrid, 18 de junio de 2008), sobre la obra de José Antonio Pagola “Jesús. Una aproximación histórica.” Y la sacan a la luz justo después de que el libro obtuviese el Nihil obstat del obispo Juan María Uriarte.

En dicha Nota, se le acusa al teólogo vasco de múltiples cuestiones, algunas tan graves como el de “tergiversar” la historia de Jesús de Nazareth, utilizar una metodología “dañina” para la doctrina de la Iglesia, o de “adulteración” y “ruptura entre la fe y la historia”. De nada han servido las explicaciones públicas del propio Pagola en las que desmonta, una a una, los argumentos de José Rico Pavés (que llega a la descalificación personal), en calidad de director del secretariado de la comisión que vela por la ortodoxia doctrinal en España. En sus detalladas explicaciones, Pagola incide de manera particular en demostrar que su metodología es precisamente la que marca el Vaticano para este tipo de textos.

Por todo elogio del libro, estos inquisidores dicen que el libro de Pagola posee otros rasgos positivos “que hacen agradable su lectura”.

A modo de justificación, la Nota doctrinal de la Conferencia recuerda que la creciente difusión del libro ha venido acompañada de “una reacción de preocupación entre muchos lectores, confundidos ante planteamientos y conclusiones no siempre compatibles con la imagen de Jesús que presentan los evangelios…” añadiendo, de seguido y sin poner un solo pero, lo siguiente: “…y que ha sido custodiada y transmitida con fidelidad por la Iglesia desde la época apostólica hasta nuestros días”.

Nada dicen, en cambio, de las miles de manifestaciones de personas de todo signo a las que este libro les ha reconciliado con Jesucristo y su mensaje de misericordia, abriéndoles a una dimensión evangélica tan en retroceso dentro del Primer Mundo. Ni una palabra sobre la esencia del Mensaje evangélico que se destaca e el libro, cual es la práctica de la compasión y el poner los talentos al servicio del prójimo; el Reino de solidaridad, amor, hermandad, misericordia, alegría, justicia… como anticipación del Reino al que estamos llamados ¡todos! Y ni una sola referencia ni autocrítica a la respuesta del propio Pagola.

El Concilio que abrió Juan XXIII tendió puentes hacia el mundo moderno, hacia quienes muchos solo veían síntomas de corrupción y habían perdido la esperanza de amar. Tendió su mano, como Cristo, a los pobres y pequeños, a los alejados, y se atrevió a pensar que la verdad es suficientemente fuerte como para imponerse sin que precise de nuestros látigos ni las descalificaciones nada caritativas. Porque si algo le enfadó fue la hipocresía de los corazones duros, del “invierno eclesial”, en expresión de Karl Rahner, uno de los artífices de aquél Concilio.

Hace tiempo que toda la Jerarquía debería preguntarse con humildad si estamos haciendo algo mal, si los peligros y males de la Iglesia están solo fuera, o nos bastamos solitos para ser causa de escándalo y descrédito. Si acontecimientos como el libro de Pagola son los que desestabilizan el Mensaje de Cristo o, por el contrario, la viga enorme del ojo propio no nos deja ver las verdaderas llagas de esta Iglesia Madre dirigida, tantas veces, peor que una mala madrastra; llagas como las que atinadamente recoge el número 153 de Cristianismo y Justicia, de la Fundación Lluis Espinal:

- Olvido de la centralidad de los pobres: la presencia de grandes masas miserables o famélicas de unas cuantas fortunas desorbitadas, lejos de ser un accidente natural es radicalmente contraria a la voluntad de Dios, tal como reconoce la enseñanza de la misma Iglesia.

- Primacía de la jerarcología, como defiende el propio Rico Pavés sin cortarse un pelo en su demoledora crítica a Pagola. Las apelaciones a la comunión eclesial no deben traducirse por sumisión, como les gusta a los críticos del Concilio, que entienden la definición conciliar de Pueblo de Dios como un mero reduccionismo sociológico. Juan XXIII lo expresó muy claramente: “Quiero sacudir todo el polvo imperial que desde Constantino, se ha pegado al trono de Pedro.”

- Primacía del eclesiocentrismo. Una jerarquía eclesiástica burócrata y distanciada del género humano al que considera enemigo y perdido a menos que vuelva a ella. Por eso le preocupa más la autoridad que su servicio.

- La división de los cristianos. A lo mejor tiene más actualidad que nunca lo que dijo el cardenal Congar, padre del Concilio: Cuando la Iglesia olvida unos valores evangélicos, Dios los hace aparecer fuera de ella.

En definitiva, la Nota de la comisión episcopal ha sido dolorosa para Pagola, un desaire para Uriarte así como un baculazo para la Iglesia toda, propiciando un gran malestar en muchos círculos eclesiales ante las fijaciones de esta jerarquía a la manera de la curia romana, que parece añorar una antigua situación de poder eclesial. No es esto lo que predicó Cristo, sino todo lo contrario, hasta el extremo de ser crucificado.

Gabriel Mª Otalora

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