lunes, 18 de febrero de 2013

EL ESPÍRITU DEL MAL SE OPONE A NUESTRA SANTIFICACIÓN

En el primer domingo de Cuaresma, el santo padre Benedicto XVI rezó el tradicional Ángelus con los miles de fieles y peregrinos reunidos en la plaza de San Pedro. Estas fueron las palabras del Papa al introducir la oración mariana a pocos días de culminar su pontificado, y vaya con su publicación mi profundo respeto y reconocimiento ante un intelectual de primer orden, que tanta luz nos ha dado en su esfuerzo por relacionar magistralmente fe y razón. ¡Esker'ik asko!.
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martes, 29 de enero de 2013

TOMÁS DE AQUINO

“De la familia de los condes de Aquino y de Teano –continúa-, emparentada con reyes europeos, vino al mundo en el castillo de Roccasecca (Nápoles) hacia 1225. Fue el benjamín de doce hermanos. Precoz en su interés por Dios, sobre el que se preguntaba siendo muy pequeño «¿Qué es?» –cuestión a la que trataría de dar respuesta toda su vida, se afanaba en el estudio y la oración.
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miércoles, 16 de enero de 2013

SUPUESTO ANTAGONISMO ENTRE CIENCIA Y FE

Partiendo de un artículo del que no puedo precisar autor ni procedencia, os propongo reflexionar sobre dos realidades que -aunque hoy se perciben como antagónicas- no sólo no son incompatibles entre sí, sino que se reclaman entre ellas en una relación de armonía y colaboración.

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miércoles, 19 de diciembre de 2012

FELICITACIÓN

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Durante estos días de Adviento y Epifanía, vamos a reservar el primero de los espacios para esta felicitación de Navidad y para desearos con ello que Dios sea con vosotr@s, y que Dios os bendiga.
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viernes, 14 de diciembre de 2012

¿SON DOS LAS IGLESIAS?

En esta ocasión nos ha remitido Gabriel Mª Otalora un interesante artículo por si considerábamos oportuno su difusión. Su nombre es “Una misión… ¿dos Iglesias?”, y lo transcribimos a continuación incluyendo unos pequeños comentarios que aparecerán resaltados y que no pretenden sino mostrar algunos criterios teológicos que justifican y hacen razonable nuestra manera de argumentar en este blog (o al menos éso creemos).

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miércoles, 5 de diciembre de 2012

EL REGALO DE UNA MADRE

Era una fiesta de la comunidad judía: una comunidad a la que también pertenecían María, su Hijo, los discípulos de Éste, y el relator de lo sucedido, S. Juan. Que se tratara de la celebración de unos esponsales nos da idea de la vocación a la continuidad de aquella pequeña comunidad, y que en la celebración de los mismos faltara el vino (un elemento que facilita la comunicación y anima el espíritu de cuantos participan en una reunión) sugiere a nuestro modo de ver, el ocaso de la antigua alianza. Fue la carencia del vino y el conocimiento de su virtualidad lo que provocó la actuación de Nuestra Señora, y puesto que toda comunidad se enriquece con las aportaciones de sus miembros, la actuación de Nuestra Señor supuso para la comunidad judía un regalo inclusivo y que manifestaba además explícitamente Su condición. Ella sabía que a través de las obras de una persona henchida de Gracia, se manifestaba actuando el poder del Espíritu de Dios, y sabía además que esto era así, porque de la presencia de la Santísima Trinidad en el alma humana se derivaban determinados efectos, tanto para el alma misma, como para las distintas realidades con las que ese ser humano a través de sus actos se relacionara. Estas relaciones, que alcanzaban a su trato con Dios y que afectaban desde Él a las distintas realidades con las que ese ser humano se relacionara (entiéndase sus relaciones con otros seres personales y con su entorno) serían el modo previsto por Dios para que Su Alianza con todos los seres humanos fuera una realidad y para que su Amor se compartiera a través de ellos entre todas las criaturas siempre que esos seres humanos empeñaran en ello su voluntad. Fue el “fiat” de Ntra. Sra. lo que supuso para Ella esa condición, y ya desde ella, fueron su comprensión solícita y su confianza ilimitada en el cumplimiento de sus promesas lo que motivó la actuación de Dios y lo que le hizo acreedora al título de Omnipotencia Suplicante con el que le adornamos. Así, por su intercesión y aunque aún no había llegado su hora puesto que el Hijo del Hombre no había sido aún glorificado, a través de las obras del Hombre-Dios Jesucristo y tras su bautismo, lo que para María era una certeza fue manifestado explícitamente ante la comunidad: Dios transformó el agua destinada a las abluciones rituales de los judíos, en el Vino que prefiguraba la Nueva Alianza. Pero puesto que el conocimiento de Ntra. Sra. provenía de la vivencia de una evidencia, para que los seres humanos pudiéramos participar de ella y así decidirnos a participar en la Nueva Alianza con convicción, María nos regaló el navegador de su propia fe: una fe que justificara la certeza, que fundamentara la esperanza, y que motivara la actuación del pueblo de Dios de tal modo que todos llegáramos a alcanzar nuestro común destino, que no sería otro que el de llegar a compartir, a manifestar, y a hacer presente mediante nuestros actos, la Gloria de Dios. Es a ello a lo que estamos llamados, y es el momento de agradecer -en este tiempo de regalos- el regalo que, a través de María, nos hizo nuestro Padre Dios. Leer más...

viernes, 30 de noviembre de 2012

UNA DE CUATRO

"Adviento significa tiempo de espera gozosa de Alguien que viene. Así, la Iglesia nos invita a considerar las cuatro venidas de Cristo Jesús, que sale a nuestro encuentro en formas y tiempos diferentes. La primera venida de Jesús sucedió hace más de dos mil años, con su Nacimiento en Belén, que conmemoramos y celebramos cada año en la Navidad. Es la venida primordial, que hace posibles las otras venidas. La cuarta y última venida de Cristo será su aparición gloriosa al fin de los tiempos para hacer un mundo nuevo, su reino definitivo de vida y verdad, de justicia y de paz, de libertad y amor, de alegría y felicidad. Venida que presenciaremos de persona. Entre la primera y la última venidas de Jesús se da la venida intermedia y permanente a nuestra vida y persona durante la existencia terrena, según sus palabras infalibles: "Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo (Mt. 28, 20). Quien come mi carne y bebe mi sangre, vive en mí y yo en él (Jn. 6, 36)". Y al fin de nuestra vida terrena se realizará la venida de Jesús que acudirá para librarnos de las garras de la muerte y llevarnos a su gloria eterna, si hemos vivido unidos a él, compartiendo su misión en favor del hombre. Nos garantiza con promesa infalible: "Me voy a prepararles un lugar. Luego vendré para llevarlos conmigo (Jn. 14, 2-3)". Esta venida de Jesús será para cada uno la hora del éxito total de su existencia por la resurrección, si hemos acogido a Cristo en sus venidas durante la vida terrena: en el prójimo, en la Eucaristía, en la oración, en la Palabra de Dios, en la creación, en el sufrimiento, en la alegría, en los acontecimientos... Entonces Él nos acogerá en la hora de la muerte para resucitarnos, dándonos un cuerpo glorioso y felicísimo como el suyo. Su exhortación a orar en todo momento es la condición para ser acogidos y resucitados a través de una muerte triunfal como la suya. Tomémoslo en serio para no quedar excluidos de su gloria". (Es una síntesis del artículo publicado por el P. Jesús Álvarez para glosar el Evangelio del próximo domingo, Primero de Adviento) Leer más...

martes, 27 de noviembre de 2012

LA GRAMÁTICA Y EL VERBO AMAR

Cuando utilizamos comparativos, adverbios, adjetivos, etc. -es decir, cuando estructuramos nuestro lenguaje de ese modo- parece que todo dependiera de nuestra apreciación. Pero realmente esto no es así cuando relacionamos nuestros sintagmas con el significado del verbo amar. No amamos mucho, poco o tanto, sino que sencillamente amamos porque el amor es algo constitutivo y que no cabe constreñirse a un juego de palabras. De hecho, es cuando no damos valor a las palabras –cuando las mismas no nos condicionan- cuando verdaderamente hacemos nuestro con acierto el significado del verbo amar. Esto es así porque el Amor no sólo es in-temporal e in-extenso, sino que subyace y prevalece a nuestro modo de ser, de modo que -si algo somos- lo somos “amando” y “amando en relación”. Es por eso que para referirnos al acto de amar –o a nuestro “amar en acto”- la expresión más adecuada que se me antoja quizá sea la que utilizamos cuando decimos que “nosotr@s” –como integrantes de un todo unificador- “estamos amando” en cada momento de nuestra actualidad -es decir, cuando utilizamos el plural mayestático en la primera persona del plural del presente continuo del verbo amar-. No nos servirían los presentes de indicativo o de subjuntivo, los pretéritos perfectos o imperfectos, los tiempos futuros o condicionales, puesto que no estamos hablando de algo habitual, de algo pretérito, de algo futuro o de algo condicionado, sino de algo que -aún siendo todo eso también- sin ser actuado en todos nosotr@s y en cada momento, nosotr@s nunca seríamos. Así pues, hablamos de algo que se nos participa y de lo que participamos participándolo, siendo que por esta participación y por el hecho de participarlo, aquel que actúa se hace actor y en tanto que actúa autor, al tiempo que cobra realidad por nuestra mediación todo lo que a través nuestro está llamado también a tener una existencia real. La cuestión es que todos tenemos el mismo modo de amar según cada una de las naturalezas, y sin embargo, no todos ponemos nuestro amor en acto con la misma pretensión. La diferencia estriba en nuestra elección. No es que sea necesario elegir para amar, puesto que también cuando elegimos estamos amando, sino que la cuestión es que podemos elegir desconocer o no asumir esta realidad. Eso es lo que sucede cuando juzgamos el Amor o la medida del Amor en función de nuestra elección o según nuestra propia medida, lo cual nos lleva a convicciones ciertamente restrictivas de la realidad. Porque el Amor es y existe, genera y motiva, opera y se expande con un dinamismo que le es propio y que, sin ser nuestro, por operar a nuestro través forma también parte de nuestra realidad. Todo esto es lo que decimos cuando utilizamos el plural mayestático en la primera persona del plural del presente continuo del verbo amar, ¿qué os ha parecido?... Leer más...

martes, 23 de noviembre de 2010

MI PASADO, SEÑOR, LO CONFÍO A TU MISERICORDIA; MI PRESENTE A TU AMOR; MI FUTURO A TU PROVIDENCIA...

Me ha llegado por correo electrónico esta mañana, y me ha alegrado recibir por fin un correo que me de gusto re-enviar. Se trata de la carta de un sacerdote católico al New York Times, y con su difusión considero que quizá se pueda hacer un poco de contrapeso ante una determinada situación... Al leerlo lo comprenderéis.

Querido hermano y hermana periodista:

Soy un simple sacerdote católico. Me siento feliz y orgulloso de mi vocación. Hace veinte años que vivo en Angola como misionero.

Me causa un gran dolor por el profundo mal que personas, que deberían de ser señales del amor de Dios, sean un puñal en la vida de inocentes. No hay palabra que justifique tales actos. No hay duda que la Iglesia no puede estar, sino del lado de los débiles, de los más indefensos. Por lo tanto todas las medidas que sean tomadas para la protección, prevención de la dignidad de los niños será siempre una prioridad absoluta.

Veo en muchos medios de información, sobre todo en vuestro periódico, la ampliación del tema en forma morbosa, investigando en detalles la vida de algún sacerdote pedófilo. Así aparece uno de una ciudad de USA, de la década del 70, otro en Australia de los años 80 y así de frente, otros casos recientes. ¡Ciertamente todo condenable! Se ven algunas presentaciones periodísticas ponderadas y equilibradas, otras amplificadas, llenas de preconceptos y hasta odio.

¡Es curiosa la poca noticia y desinterés por miles y miles de sacerdotes que se consumen por millones de niños, por los adolescentes y los más desfavorecidos en los cuatro ángulos del mundo!

Pienso que a vuestro medio de información no le interesa que yo haya tenido que transportar, por caminos minados en el año 2002, a muchos niños desnutridos desde Cangumbe a Lwena (Angola), pues ni el gobierno se disponía y las ONG's no estaban autorizadas; que haya tenido que enterrar decenas de pequeños fallecidos entre los desplazados de guerra y los que han retornado; que le hayamos salvado la vida a miles de personas en México mediante el único puesto médico en 90.000 km2, así como con la distribución de alimentos y semillas; que hayamos dado la oportunidad de educación en estos 10 años y escuelas a más de 110.000 niños...

No es de interés que con otros sacerdotes hayamos tenido que socorrer la crisis humanitaria de cerca de 15.000 personas en los acuartelamientos de la guerrilla, después de su rendición, porque no llegaban los alimentos del Gobierno y la ONU. No es noticia que un sacerdote de 75 años, el P. Roberto, por las noches recorra las ciudad de Luanda curando a los chicos de la calle, llevándolos a una casa de acogida, para que se desintoxiquen de la gasolina, que alfabeticen cientos de presos; que otros sacerdotes, como P. Stefano, tengan casas de pasaje para los chicos que son golpeados, maltratados y hasta violentados y buscan un refugio.

Tampoco que Fray Maiato con sus 80 años, pase casa por casa confortando los enfermos y desesperados. No es noticia que más de 60.000 de los 400.000 sacerdotes, y religiosos hayan dejado su tierra y su familia para servir a sus hermanos en una leprosería, en hospitales, campos de refugiados, orfanatos para niños acusados de hechiceros o huérfanos de padres que fallecieron con Sida, en escuelas para los más pobres, en centros de formación profesional, en centros de atención a cero positivos. o sobretodo, en parroquias y misiones dando motivaciones a la gente para vivir y amar.

No es noticia que mi amigo, el P. Marcos Aurelio, por salvar a unos jóvenes durante la guerra en Angola, los haya transportado de Kalulo a Dondo y volviendo a su misión haya sido ametrallado en el camino; que el hermano Francisco, con cinco señoras catequistas, por ir a ayudar a las áreas rurales más recónditas hayan muerto en un accidente en la calle; que decenas de misioneros en Angola hayan muerto por falta de socorro sanitario, por una simple malaria; que otros hayan saltado por los aires, a causa de una mina, visitando a su gente. En el cementerio de Kalulo están las tumbas de los primeros sacerdotes que llegaron a la región.Ninguno pasa los 40 años.
No es noticia acompañar la vida de un Sacerdote "normal" en su día a día, en sus dificultades y alegrías consumiendo sin ruido su vida a favor de la comunidad que sirve.

La verdad es que no procuramos ser noticia, sino simplemente llevar la Buena Noticia, esa noticia que sin ruido comenzó en la noche de Pascua. Hace más ruido un árbol que cae que un bosque que crece.

No pretendo hacer una apología de la Iglesia y de los sacerdotes. El sacerdote no es ni un héroe ni un neurótico. Es un simple hombre, que con su humanidad busca seguir a Jesús y servir sus hermanos. Hay miserias, pobrezas y fragilidades como en cada ser humano; y también belleza y bondad como en cada criatura.

Insistir en forma obsesionada y persecutoria en un tema perdiendo la visión de conjunto crea verdaderamente caricaturas ofensivas del sacerdocio católico en la cual me siento ofendido.

Sólo le pido amigo periodista, busque la Verdad, el Bien y la Belleza.
Eso lo hará noble en su profesión.
En Cristo,
P. Martín Lasarte sdb
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viernes, 16 de julio de 2010

EXTRAÑAS INTERVENCIONES

Quienes con santa paciencia habéis venido interesándoos por la evolución de nuestro blog, os habréis dado cuenta de la existencia de una serie de intervenciones "anónimas" que no eran acordes con el espíritu del mismo. Estas intervenciones se producían siempre sobre un artículo del P. Cantalamessa que me he visto obligada a suprimir.

Pero como el contenido del mismo coincide con la homilía correspondiente al pasado domingo -y puesto que el artículo en cuestión a mí me encantaba- voy de nuevo a reproducirlo, en la confianza de que por ser distinto el enunciado, no sea de nuevo invadido por los mismos indeseados intervenientes.

El artículo en cuestión, dice así:

“Amarás al prójimo como a ti mismo”.

Añadiendo las palabras “como a ti mismo”, Jesús nos ha puesto delante un espejo al que no podemos mentir; nos ha dado una medida infalible para descubrir si amamos o no al prójimo.

Sabemos muy bien, en cada circunstancia, qué significa amarnos a nosotros mismos y qué querríamos que los demás hicieran por nosotros. Jesús no dice, nótese bien: “Lo que el otro te haga, házselo tú a él”. Esto sería aún la ley del talión: “Ojo por ojo, diente por diente”. Dice: lo que tú quisieras que el otro te hiciera házselo tú a él (cf. Mt 7, 12), que es muy distinto.

Jesús consideraba el amor al prójimo como “su mandamiento”, en el que se resume toda la Ley. “Este es el mandamiento mio: que os améis los unos a los otros como yo os he amado” (Jn 15,12). Muchos identifican el entero cristianismo con el precepto del amor al prójimo, y no están del todo desencaminados. Pero debemos intentar ir un poco más allá de la superficie de las cosas. Cuando se habla del amor al prójimo el pensamiento va en seguida a las “obras” de caridad, a las cosas que hay que hacer por el prójimo: darle de comer, de beber, visitarlo; es decir, ayudar al prójimo. Pero esto es un efecto del amor, no es aún el amor. Antes de la beneficiencia viene la benevolencia; antes que hacer el bien, viene el querer.

La caridad debe ser “sin fingimientos”, es decir, sincera (literalmente,“sin hipocresía”) (Rm 12, 9); se debe amar “verdaderamente de corazón” (1 Pe 1,22). Se puede de hecho hacer caridad o limosna por muchos motivos que no tienen nada que ver con el amor: por quedar bien, por parecer benefactores, para ganarse el paraíso, incluso por remordimientos de conciencia. Mucha caridad que hacemos a los países del tercer mundo no está dictada por el amor, sino por el remordimiento. Nos damos cuenta de la diferencia escandalosa que existe entre nosotros y ellos, y nos sentimos en parte responsables de su miseria. ¡Se puede tener poca caridad, también “haciendo caridad”!

Está claro que sería un error fatal contraponer entre sí el amor del corazón y la caridad de los hechos, o refugiarse en las buenas disposiciones interiores hacia los demás, para encontrar una excusa a la propia falta de caridad actual y concreta. Si encuentras a un pobre hambriento y entumecido de frío, decía Santiago, ¿de qué sirve decir “Pobre, vé, calientate, come algo”, pero no le das nada de lo que necesita? “Hijos míos, añade el evangelista Juan, no amemos de palabra ni de boca, sino con obras y según la verdad” (1 Jn, 3,18). No se trata por tanto de subestimar las obras externas de caridad, sino de hacer que éstas tengan su fundamento en un genuino sentimiento de amor y benevolencia.

Esta caridad del corazón o interior es la caridad que todos y siempre podemos ejercer, es universal. No es una caridad que algunos -los ricos y sanos- pueden solamente dar y otros -los pobres y enfermos- pueden solo recibir. Todos podemos hacerla y recibirla. Además es muy concreta. Se trata de empezar a mirar con nuevos ojos las situaciones y las personas con las que vivimos. ¿Con qué ojos? Es sencillo: los ojos con que quisiéramos que Dios nos mirara a nosotros. Ojos de excusa, de benevolencia, de comprensión, de perdón...

Cuando esto sucede, todas las relaciones cambian. Caen, como por milagro, todos los motivos de prevención y hostilidad que nos impedían amar a cierta persona, y ésta empieza a parecernos por lo que es en realidad: una pobre criatura humana que sufre por sus debilidades y límites, como tú, como todos. Es como si la máscara que todos los hombres y las cosas llevan puesta en el rostro cayeran, y la persona nos apareciera como lo que es realmente.

(Yo en esta ocasión me adelanto, para deciros que me ha parecido buenísima. No se vosotr@s lo que opinaréis)
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