De nuevo el hermosísimo y locuaz mensaje del P. Cantalamessa para el Domingo 24 del Teimpo Ordinario. Las lecturas correspondientes son: Números 21, 4-9; Filipenses 2, 6-11; Juan 3, 13-17, y os recomiendo que no os lo perdáis.
Igual que Moisés levantó una serpiente en el desierto...
Actualmente la cruz ya no se presenta a los fieles en su aspecto de sufrimiento, de dura necesidad de la vida o incluso como un camino para seguir a Cristo, sino en su aspecto glorioso, como motivo de honor, no de llanto. Ante todo digamos algo sobre el origen de esta fiesta. Recuerda dos acontecimientos distantes en el tiempo. El primero es la inauguración, por parte del emperador Constantino, de dos basílicas, una en el Gólgota, otra en el sepulcro de Cristo, en el año 325. El otro suceso, en el siglo VII, es la victoria cristiana contra los persas, que llevó a la recuperación de las reliquias de la cruz y su devolución triunfal a Jerusalén. Sin embargo con el paso del tiempo la fiesta ha adquirido un significado autónomo. Se ha convertido en una celebración gloriosa del misterio de la cruz, que siendo instrumento de ignominia y de suplicio, Cristo transformó en instrumento de salvación.
Las lecturas reflejan esta perspectiva. La segunda lectura vuelve a proponer el célebre himno de l a Carta a los Filipenses, donde se contempla la cruz como el motivo de la mayor "exaltación" de Cristo: "Se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios le exaltó y le otorgó el Nombre que está sobre todo nombre. Para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Cristo Jesús es SEÑOR para gloria de Dios Padre".
También el Evangelio habla de la cruz como del momento en el que "el Hijo del hombre ha sino levantado para que todo el que crea tenga por Él vida eterna".
Ha habido, en la historia, dos modos fundamentales de representar la cruz y el crucifijo. Los llamamos, por comodidad, el modo antiguo y el moderno. El modo antiguo, que se puede admirar en los mosaicos de las antiguas basílicas y en los crucifijos del arte románico, es glorioso, festivo, lleno de majestad. La cruz, frecuentemente sola, sin crucifijo, aparece constelada de gemas, proyectada en un cielo estrellado, y bajo ella la inscripción: "Salvación del mundo, salus mundi", como en un célebre mosaico de Rávena.
En los crucifijos de madera del arte románico, este tipo de representación se expresa en el Cristo que reina con vestiduras reales y sacerdotales desde la cruz, con los ojos abiertos, la mirada al frente, sin sombra de sufrimiento, sino radiante de majestad y victoria, ya no coronado de espinas, sino de gemas. Es la traducción del versículo del salmo: "Dios reinó desde el madero"(regnavit a ligno Deus). Jesús hablaba de su cruz en estos mismos términos: como el momento de su "exaltación": "Y yo cuando sea levantado de la tierra atraeré a todos hacia mí" (Jn 12, 32).
La forma moderna comienza con el arte gótico y se acentúa cada vez más, hasta convertirse en el modo ordinario de representar el crucifijo. Un ejemplo extremo es la crucifixión de Matthias Grünewald en el Altar de Isenheim. Las manos y los pies se retuercen como zarzas alrededor de los clavos, la cabeza agoniza bajo un haz de espinos, el cuerpo cubierto de llagas. Igualmente los crucifijos de Velázquez y de Dalí y de muchos otros pertenecen a este tipo.
Los dos modos evidencian un aspecto verdadero del misterio. La forma moderna -dramática, realista, desgarradora- representa la cruz vista, por así decirlo, por delante, "de cara", en su cruda realidad, en el momento en que se muere en ella. La cruz como símbolo del mal, del sufrimiento del mundo y de la tremenda realidad de la muerte. La cruz se representa aquí "en sus causas", esto es, en aquello que, habitualmente, la ocasiona: el odio, la maldad, la injusticia, el pecado.
El mundo antiguo evidenciaba no las causas, sino los efectos de la cruz; no aquello que produce la cruz, sino lo que es producido por la cruz: reconciliación, paz, gloria, seguridad, vida eterna. La cruz que Pablo define "gloria" u "honor" del creyente. La festividad del 14 de septiembre se llama "exaltación" de la cruz porque celebra precisamente este aspecto "exaltante" de la cruz.
Hay que unir, a la forma moderna de considerar la cruz, y la antigua: redescubrir la cruz gloriosa. Si en el momento en que se experimentaba la prueba, podía ser útil pensar en Jesús clavado en la cruz entre dolores y espasmos, porque esto hacía que lo sintiéramos cercano a nuestro dolor, ahora hay que pensar en la cruz de otro modo. Me explico con un ejemplo. Hemos perdido recientemente a una persona querida, tal vez después de meses de gran sufrimiento. Pues bien: no hay que seguir pensando en ella como estaba en su lecho, en tal circunstancia, en tal otra, a qué punto se había reducido al final, qué hacía, qué decía, tal vez torturando mente y corazón, alimentando inútiles sentimientos de culpa. Todo esto ha terminado, ya no existe, es irreal; actuando así no hacemos más que prolongar el sufrimiento
y conservarla artificialmente con vida.
Hay madres (no lo digo para juzgarlas, sino para ayudarlas) que después de haber acompañado durante años a un hijo en su calvario, cuando el Señor lo ha llamado consigo, rechazan vivir de otra forma. En casa todo debe permanecer como estaba en el momento de la muerte del hijo; todo debe hablar de él; visitas continuas al cementerio. Si hay otros niños en la familia, deben adaptarse a vivir también ellos en este clima tapizado de muerte, con grave perjuicio psicológico. Cada manifestación de alegría en casa les parece una profanación. Estas personas son las que necesitan más descubrir el sentido de la fiesta del 14 de septiembre: la exaltación de la cruz. Ya no eres tú quien lleva la cruz, sino la cruz quien te lleva a ti; la cruz que no te aplasta, sino que te levanta.
Hay que pensar en la persona querida como es ahora que "todo ha terminado". Así hacían con Jesús los artistas antiguos. Lo contemplaban como es ahora, como está: resucitado, glorioso, feliz, sereno, sentado en el mismo trono de Dios, con el Padre que ha "enjugado toda lágrima de sus ojos" y le ha dado "todo poder en los cielos y en la tierra". Ya no entre los espasmos de la agonía y de la muerte. No digo que se pueda siempre dominar el propio corazón e impedir que sangre con el recuerdo de lo sucedido, pero hay que procurar que prevalezca la consideración de fe. Si no, ¿para qué sirve la fe?
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sábado, 13 de septiembre de 2008
jueves, 17 de julio de 2008
FILOSOFÍA DE LA EDUCACIÓN RELIGIOSA
La educación consiste fundamentalmente en el crecimiento personal.
Crecer en ese sentido es el resultado inmanente de las operaciones de nuestra inteligencia, de nuestra voluntad y de nuestros sentimientos, es decir, de nuestras operaciones de naturaleza intelectiva, volitiva y afectiva.
Es la posibilidad de evolucionar en ese sentido de los seres humanos lo que posibilita nuestra educación, y es la posibilidad de que ese proceso se lleve a cabo progresivamente lo que posibilita que el educando desarrolle sus dimensiones material y espiritual de una manera sistemática y ordenada, siempre que empeñe en ello su voluntad.
Confiando en la capacidad de crecer en unidad y coherencia de los enseñandos, el verdadero enseñante es el que sabe -pese a las dificultades- mirar a los ojos al alumno y esperar de él.
Pero siendo esto así, lo que caracteriza a la verdadera instrucción no es el saber algo, sino saber para qué se sabe, y qué relación guarda con lo supremo y más esencial.
Es necesario en ese sentido recuperar una auténtica filosofía de la educación, capaz de ordenar saberes más concretos, más empíricos, y más descriptivos, en función de aquello que constituye lo más supremo y esencial para el ser humano, que es su relación con Dios.
Es ésta, a mi modo de ver, la filosofía que ha de informar la actuación de todo enseñante, y es dentro de ella precisamente, donde encuentra pleno sentido la actividad del profesor de Religión.
No se cómo vosotr@s lo veréis.
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Crecer en ese sentido es el resultado inmanente de las operaciones de nuestra inteligencia, de nuestra voluntad y de nuestros sentimientos, es decir, de nuestras operaciones de naturaleza intelectiva, volitiva y afectiva.
Es la posibilidad de evolucionar en ese sentido de los seres humanos lo que posibilita nuestra educación, y es la posibilidad de que ese proceso se lleve a cabo progresivamente lo que posibilita que el educando desarrolle sus dimensiones material y espiritual de una manera sistemática y ordenada, siempre que empeñe en ello su voluntad.
Confiando en la capacidad de crecer en unidad y coherencia de los enseñandos, el verdadero enseñante es el que sabe -pese a las dificultades- mirar a los ojos al alumno y esperar de él.
Pero siendo esto así, lo que caracteriza a la verdadera instrucción no es el saber algo, sino saber para qué se sabe, y qué relación guarda con lo supremo y más esencial.
Es necesario en ese sentido recuperar una auténtica filosofía de la educación, capaz de ordenar saberes más concretos, más empíricos, y más descriptivos, en función de aquello que constituye lo más supremo y esencial para el ser humano, que es su relación con Dios.
Es ésta, a mi modo de ver, la filosofía que ha de informar la actuación de todo enseñante, y es dentro de ella precisamente, donde encuentra pleno sentido la actividad del profesor de Religión.
No se cómo vosotr@s lo veréis.
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jueves, 3 de julio de 2008
CASO Nº 10
En mi participación como co-autora con el capítulo 10 en el texto Fe Vivida (editado por EUNSA), asimilaba el Espíritu Santo con la forma de actuar de Dios que se nos manifestaba sensiblemente y se nos participaba en una persona física: en Jesús de Nazaret. Él será, pues, nuestro protagonista.
Por otro lado, y si atendemos a la segunda de las acepciones que del término antagonista figuran en el Diccionario de la R.A.E., nosotr@s mism@s podríamos presentarnos como antagonistas, puesto que por antagonista entendemos “el principal personaje que se opone al protagonista en el conflicto esencial de una obra”.
El caso sería la obra de la santificación: una obra que podríamos situar en contextos distintos (porque distintas serían las épocas), pero que en ningún caso resultarían antagónicos por cuanto que la realidad de Jesús de Nazaret es una realidad metahistórica.
Quiere esto decir, que el conocimiento al que a través suyo llegamos de la Ternura de Dios alcanza e informa de tal modo nuestra conducta en toda época, que es a partir del momento en que le prestamos nuestra adhesión cuando llegamos a comprobar en nosotr@s mism@s que ésta adquiere unas características que nos posibilitan para ser vivid@s y para actuar con la fuerza de Dios.
Es en esto, y no en otra cosa, en lo que consiste la santificación.
Hasta aquí no existe antagonismo entre nosotr@s y Jesús de Nazaret, puesto que aunque Él es “el Dios con nosotr@s”, tod@s nosotr@s también estamos llamados a ser –en la Persona del Hijo- “otro Cristo” siempre que permanezcamos unidos a Él y compartiendo el Espíritu de Dios. Es entonces cuando Dios habita en nosotr@s, y es entonces también cuando por encima de nuestros límites, llegamos a reconocer en nosotr@s, actuando mediante nuestras obras, la fuerza de Dios.
Para que esto fuera así y en la persona del Hijo, Dios asumió nuestra humana naturaleza. Él se nos compartiría primero, para que nosotr@s, luego de conocerle, pudiéramos decidirnos a compartirnos con Él.
Aquel que sólo conocía a Dios, es quien nos lo ha dado a conocer.
Él fue quien nos habló del ser de Dios como de una Trinidad de Personas, y fue también Él quien manifestó de Sí mismo ser el Hijo de Dios hecho hombre por Amor y para amar.
Es de este modo como llegamos a conocer a Dios como al totalmente Otro, y fue así también como supimos de su voluntad, una Voluntad que se hizo realidad en Jesús de Nazaret y a través Suyo, porque fue por los efectos de sus obras como llegamos a conocer y por los que se nos alcanzó la forma de actuar de Dios.
Fue porque Jesús de Nazaret era el Hijo de Dios y el Ungido, por lo que Dios se hizo hombre y pudo actuar entre nosotros, y fue el poder observar en Él los efectos del Amor de Dios en los seres humanos una vez que hemos hecho nuestra y actuamos según su Voluntad, lo que nos permitió comprender el destino al que estábamos convocados.
Este conocimiento pasa de ser puramente teórico a un principio dinamizador de nuestra conducta en el momento en que se produce la aceptación, y es en nuestra opción precisamente donde encontramos la razón del posible antagonismo entre el ser humano y la persona de Jesús de Nazaret.
La aceptación de la Voluntad de Dios por parte del Hombre-Dios y su actuación consecuente, tuvo como efecto la posibilidad de comunicación de los seres humanos con Dios en la medida en que compartamos su Espíritu. Pero somos nosotr@s quienes libremente tenemos que ejercitar esa opción, una opción de la que se derivarán nuevos efectos tanto para nosotr@s mism@s como para entre nosotr@s mism@s y para nuestro entorno.
De ellos depende el cumplimiento de la Voluntad de Dios en la tierra: la instauración de la Sociedad del Amor. Una Sociedad en la que el conocimiento y el Amor de Dios se compartan, teniendo como origen su Palabra, y como efecto de Su aceptación y de la nuestra a la Voluntad de Dios.
Pero para eso hemos de convertirnos de antagonistas en co-protagonistas: no podemos oponernos al protagonista en el conflicto esencial de la obra”, sino aprender de Él y decidirnos a asumir nuestro papel dentro de la obra a semejanza Suya.
Es entonces cuando compartiremos su Unción, y será entonces también cuando haremos realidad mediante nuestros actos la Voluntad de Dios en la Sociedad del Amor.
Que así sea.
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Por otro lado, y si atendemos a la segunda de las acepciones que del término antagonista figuran en el Diccionario de la R.A.E., nosotr@s mism@s podríamos presentarnos como antagonistas, puesto que por antagonista entendemos “el principal personaje que se opone al protagonista en el conflicto esencial de una obra”.
El caso sería la obra de la santificación: una obra que podríamos situar en contextos distintos (porque distintas serían las épocas), pero que en ningún caso resultarían antagónicos por cuanto que la realidad de Jesús de Nazaret es una realidad metahistórica.
Quiere esto decir, que el conocimiento al que a través suyo llegamos de la Ternura de Dios alcanza e informa de tal modo nuestra conducta en toda época, que es a partir del momento en que le prestamos nuestra adhesión cuando llegamos a comprobar en nosotr@s mism@s que ésta adquiere unas características que nos posibilitan para ser vivid@s y para actuar con la fuerza de Dios.
Es en esto, y no en otra cosa, en lo que consiste la santificación.
Hasta aquí no existe antagonismo entre nosotr@s y Jesús de Nazaret, puesto que aunque Él es “el Dios con nosotr@s”, tod@s nosotr@s también estamos llamados a ser –en la Persona del Hijo- “otro Cristo” siempre que permanezcamos unidos a Él y compartiendo el Espíritu de Dios. Es entonces cuando Dios habita en nosotr@s, y es entonces también cuando por encima de nuestros límites, llegamos a reconocer en nosotr@s, actuando mediante nuestras obras, la fuerza de Dios.
Para que esto fuera así y en la persona del Hijo, Dios asumió nuestra humana naturaleza. Él se nos compartiría primero, para que nosotr@s, luego de conocerle, pudiéramos decidirnos a compartirnos con Él.
Aquel que sólo conocía a Dios, es quien nos lo ha dado a conocer.
Él fue quien nos habló del ser de Dios como de una Trinidad de Personas, y fue también Él quien manifestó de Sí mismo ser el Hijo de Dios hecho hombre por Amor y para amar.
Es de este modo como llegamos a conocer a Dios como al totalmente Otro, y fue así también como supimos de su voluntad, una Voluntad que se hizo realidad en Jesús de Nazaret y a través Suyo, porque fue por los efectos de sus obras como llegamos a conocer y por los que se nos alcanzó la forma de actuar de Dios.
Fue porque Jesús de Nazaret era el Hijo de Dios y el Ungido, por lo que Dios se hizo hombre y pudo actuar entre nosotros, y fue el poder observar en Él los efectos del Amor de Dios en los seres humanos una vez que hemos hecho nuestra y actuamos según su Voluntad, lo que nos permitió comprender el destino al que estábamos convocados.
Este conocimiento pasa de ser puramente teórico a un principio dinamizador de nuestra conducta en el momento en que se produce la aceptación, y es en nuestra opción precisamente donde encontramos la razón del posible antagonismo entre el ser humano y la persona de Jesús de Nazaret.
La aceptación de la Voluntad de Dios por parte del Hombre-Dios y su actuación consecuente, tuvo como efecto la posibilidad de comunicación de los seres humanos con Dios en la medida en que compartamos su Espíritu. Pero somos nosotr@s quienes libremente tenemos que ejercitar esa opción, una opción de la que se derivarán nuevos efectos tanto para nosotr@s mism@s como para entre nosotr@s mism@s y para nuestro entorno.
De ellos depende el cumplimiento de la Voluntad de Dios en la tierra: la instauración de la Sociedad del Amor. Una Sociedad en la que el conocimiento y el Amor de Dios se compartan, teniendo como origen su Palabra, y como efecto de Su aceptación y de la nuestra a la Voluntad de Dios.
Pero para eso hemos de convertirnos de antagonistas en co-protagonistas: no podemos oponernos al protagonista en el conflicto esencial de la obra”, sino aprender de Él y decidirnos a asumir nuestro papel dentro de la obra a semejanza Suya.
Es entonces cuando compartiremos su Unción, y será entonces también cuando haremos realidad mediante nuestros actos la Voluntad de Dios en la Sociedad del Amor.
Que así sea.
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lunes, 30 de junio de 2008
UNA CUESTIÓN DE CLASE
¡No me digáis que no os habéis preguntado en alguna ocasión sobre si la clase existe, o si vosotr@s tenéis o no tenéis clase!.
Se trataría en realidad de una pregunta retórica, puesto que es éste un concepto que -supuesto que la tuviéramos- no nos pertenecería, y del que su condición tampoco variaría en ningún caso con nuestra apreciación.
Podemos hablar de ella en términos de pertenencia, y también en términos de categorización. Si así lo hacemos, es claro que tod@s pertenecemos a una u a otra clase, pero lo que yo pretendo mediante este artículo es relacionar la clase con nosotr@s mism@s en base a nuestro saber estar.
Como tal, la clase es un concepto que en ocasiones atribuimos -o que acaso se nos atribuye- que deja de serlo tal cuando se convierte en algo impostado, puesto que la clase no es algo que deba perseguirse por ella mismo, ni que podamos valorar en nosotr@s mism@s sin que suponga por ello una muestra de vanidad.
La cuestión es que es un concepto que concita a ser.
Sin embargo, en ocasiones confundimos clase con apariencias, e incluso llegamos a presumirla en nosotr@s mism@s y en l@s demás supuesta una cierta capacidad económica, una buena formación académica, o un elevado nivel social, cuando que la verdadera clase no tiene que ver necesariamente con todo esto, aunque las circunstancias digamos que tienen su influencia en una necesaria contextualización.
La cuestión es que la realidad se impone y nuestra fantasía se desvanece por ella misma, puesto que la manifestación de la clase tiene que ver únicamente y como os decía, con nuestro saber estar.
No es algo que se adquiera con una actuación aislada, ni tiene que ver tampoco con una puntual puesta en escena de un escenario meramente material, sino que es algo que tiene que ver con nuestras opciones, y que se mantiene en el tiempo en base a la coherencia de nuestra actuación.
No quiero decir con esto que una persona deba hacer siempre las cosas de igual modo, ni tampoco que deba responder de la misma manera ante una diferente situación, puesto que lo que la clase supone es nuestro saber estar “en las circunstancias” y “pese a las circunstancias”.
Para ello es necesario conocernos a nosotr@s mism@s, y también nuestra capacidad.
Así, en consideración a lo que somos y en cada una de las circunstancias, vamos –haciendo uso de nuestras capacidades- construyendo con nuestros actos una a modo de integral, que es la que a lo largo de nuestra vida pone de manifiesto lo evolucionado de nuestro ser.
Creo, por tanto, que una persona “con clase” es una persona evolucionada.
Supongo que –como yo- conoceréis a personas de ese tipo pertenecientes a cualquier condición. Si nos preguntáramos qué tienen en común personas tan variopintas, coincidiríamos en que lo que tienen en común es su opción por el bien. No por "su propio bien" y ni siquiera por "lo bueno", sino sencilla y permanentemente "por el bien"
Pensémoslo un poco.
La clase es algo que sólo se tiene en su integridad. No se tiene mediante el desarrollo de una determinada cualidad, sino por lo evolucionado en el conjunto de ellas.
El resto es contextualización y-cuando lo que os digo falta- simple apariencia, porque sólo con la manifestación del bien hecho realidad en una determinada persona, se percibe la verdadera clase de la misma.
Cuando hablábamos de las virtudes y decíamos que todas ellas formaban parte del denominado “cuerpo de virtudes”, era esto lo que queríamos decir. Una persona con clase, es una persona prudente, justa, fuerte y equilibrada. Puede ser puntual y hacendosa, además, pero hasta aquí sólo estaríamos hablando de lo que podríamos considerar “clase visible” de una persona.
Sin embargo en realidad existe también una “clase supra”, que coincidiría con la de personas que hubieran adquirido un tipo de virtudes diferentes: la fe, la esperanza y la caridad. También paulatinamente. También mediante la realización de actos tendentes a su adquisición.
Pero lo que realmente caracteriza a estas virtudes, es que nosotr@s somos “pacientes” suyos, puesto que mediante nuestros actos no hacemos sino reaccionar –eso sí, favoreciéndolas- como efecto de su acción.
Es el Espíritu Santo quien hace que sean para nosotr@s y ante nosotr@s una realidad, y a partir de ahí es cuando comienza nuestro progreso hacia l "clase superior": una clase que –curiosamente- nos “desclasifica”, porque nos hace vernos como herman@s sea cual fuere nuestra condición.
Espero que este análisis sin pretensiones os satisfaga, y que todos aspiremos a esa clase superior que íntimamente intuimos nos corresponde.
Que así sea.
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Se trataría en realidad de una pregunta retórica, puesto que es éste un concepto que -supuesto que la tuviéramos- no nos pertenecería, y del que su condición tampoco variaría en ningún caso con nuestra apreciación.
Podemos hablar de ella en términos de pertenencia, y también en términos de categorización. Si así lo hacemos, es claro que tod@s pertenecemos a una u a otra clase, pero lo que yo pretendo mediante este artículo es relacionar la clase con nosotr@s mism@s en base a nuestro saber estar.
Como tal, la clase es un concepto que en ocasiones atribuimos -o que acaso se nos atribuye- que deja de serlo tal cuando se convierte en algo impostado, puesto que la clase no es algo que deba perseguirse por ella mismo, ni que podamos valorar en nosotr@s mism@s sin que suponga por ello una muestra de vanidad.
La cuestión es que es un concepto que concita a ser.
Sin embargo, en ocasiones confundimos clase con apariencias, e incluso llegamos a presumirla en nosotr@s mism@s y en l@s demás supuesta una cierta capacidad económica, una buena formación académica, o un elevado nivel social, cuando que la verdadera clase no tiene que ver necesariamente con todo esto, aunque las circunstancias digamos que tienen su influencia en una necesaria contextualización.
La cuestión es que la realidad se impone y nuestra fantasía se desvanece por ella misma, puesto que la manifestación de la clase tiene que ver únicamente y como os decía, con nuestro saber estar.
No es algo que se adquiera con una actuación aislada, ni tiene que ver tampoco con una puntual puesta en escena de un escenario meramente material, sino que es algo que tiene que ver con nuestras opciones, y que se mantiene en el tiempo en base a la coherencia de nuestra actuación.
No quiero decir con esto que una persona deba hacer siempre las cosas de igual modo, ni tampoco que deba responder de la misma manera ante una diferente situación, puesto que lo que la clase supone es nuestro saber estar “en las circunstancias” y “pese a las circunstancias”.
Para ello es necesario conocernos a nosotr@s mism@s, y también nuestra capacidad.
Así, en consideración a lo que somos y en cada una de las circunstancias, vamos –haciendo uso de nuestras capacidades- construyendo con nuestros actos una a modo de integral, que es la que a lo largo de nuestra vida pone de manifiesto lo evolucionado de nuestro ser.
Creo, por tanto, que una persona “con clase” es una persona evolucionada.
Supongo que –como yo- conoceréis a personas de ese tipo pertenecientes a cualquier condición. Si nos preguntáramos qué tienen en común personas tan variopintas, coincidiríamos en que lo que tienen en común es su opción por el bien. No por "su propio bien" y ni siquiera por "lo bueno", sino sencilla y permanentemente "por el bien"
Pensémoslo un poco.
La clase es algo que sólo se tiene en su integridad. No se tiene mediante el desarrollo de una determinada cualidad, sino por lo evolucionado en el conjunto de ellas.
El resto es contextualización y-cuando lo que os digo falta- simple apariencia, porque sólo con la manifestación del bien hecho realidad en una determinada persona, se percibe la verdadera clase de la misma.
Cuando hablábamos de las virtudes y decíamos que todas ellas formaban parte del denominado “cuerpo de virtudes”, era esto lo que queríamos decir. Una persona con clase, es una persona prudente, justa, fuerte y equilibrada. Puede ser puntual y hacendosa, además, pero hasta aquí sólo estaríamos hablando de lo que podríamos considerar “clase visible” de una persona.
Sin embargo en realidad existe también una “clase supra”, que coincidiría con la de personas que hubieran adquirido un tipo de virtudes diferentes: la fe, la esperanza y la caridad. También paulatinamente. También mediante la realización de actos tendentes a su adquisición.
Pero lo que realmente caracteriza a estas virtudes, es que nosotr@s somos “pacientes” suyos, puesto que mediante nuestros actos no hacemos sino reaccionar –eso sí, favoreciéndolas- como efecto de su acción.
Es el Espíritu Santo quien hace que sean para nosotr@s y ante nosotr@s una realidad, y a partir de ahí es cuando comienza nuestro progreso hacia l "clase superior": una clase que –curiosamente- nos “desclasifica”, porque nos hace vernos como herman@s sea cual fuere nuestra condición.
Espero que este análisis sin pretensiones os satisfaga, y que todos aspiremos a esa clase superior que íntimamente intuimos nos corresponde.
Que así sea.
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